En abril de 2023 mi hermano, conocido en nuestra comunidad como “the Compassion Guy”, fue asesinado mientras dormía en un banco del parque. Él había dedicado años a preguntar a la gente qué significaba la compasión y a vivir con muy pocas pertenencias, aceptando cada día sin expectativas. La ironía fue brutal: alguien que encarnó la paz murió de manera violenta. El golpe fue inmenso.
En los primeros días del duelo encontré un mensaje suyo que me había enviado: si alguna vez me dañan, perdona al agresor y ayuda a otros a perdonarlo. Esa petición me confrontó con una tarea personal: practicar el perdón en tiempo real, incluso en el tribunal donde vi al joven acusado.
Practicar, más que intentar un acto heroico, fue para mí un proceso sostenido. Busqué ejemplos: leí a sobrevivientes que habían perdonado, escuché enseñanzas sobre principios del perdón y trabajé con la idea de aceptar la vulnerabilidad humana. Fueron estas prácticas —escucha activa, atención plena y reflexión profunda— las que me dieron herramientas para reconocer mis emociones sin juzgarlas y para abrirme a la historia del otro sin desatender mi duelo.
Descubrir antecedentes compartidos con la persona acusada cambió mi perspectiva: problemas de salud mental en la familia, orígenes migratorios similares, experiencias difíciles en la infancia. Ver esas coincidencias no borró el daño, pero me permitió mirar a la persona más allá del acto y entender factores que invitan a compasión estructural.
No digo que el perdón sea sencillo ni que deba acelerarse: no era mi intención que eludir el dolor. Lo que sí ocurrió fue que estas prácticas me ayudaron a sanar algo más rápido, a llorar menos tiempo y, sobre todo, a mantener una apertura hacia la empatía. Aprender a notar prejuicios, escuchar testimonios y contextualizar sufrimiento fue parte de una disciplina cotidiana que marcó la diferencia.
Hoy estoy más avanzado en el duelo y he sumado mi tiempo a organizaciones que promueven justicia transformadora. Aun así, cuido mi capacidad de implicarme: poner límites y sostener prácticas que me permitan perseverar sin reactivarme. Como dijo un autor que leí en el camino: cada persona es más que lo peor que ha hecho.
Perdonar no anula la pérdida ni minimiza la violencia; pero la práctica sostenida de atención, escucha y repetición de rituales compasivos puede abrir una vía de sanación que integra dolor y posibilidad.
