La frase que dolió y despertó
Una tarde, en un café, le conté a un mentor las dificultades de mi primer año como director: la sobrecarga, la crítica, la sensación de no estar a la altura. Su respuesta fue simple y directa: “Te estás viendo como víctima”. La palabra me siguió camino a casa y durante la noche. No la quería, pero no podía dejar de mirarla.
Reconocer que me definía por lo que me pasaba (en lugar de por lo que elegía hacer con ello) fue el primer paso. Aquella etiqueta me ayudó a ver que, en muchos momentos, había estado acumulando agravios sin expresarlos, esperando que el mundo cambiara por sí mismo.
Buscar la palabra contraria: apareció “mayordomo”
Me pregunté qué palabra querría llevar en lugar de «víctima». Tras probar «héroe», «superviviente» y otras, la que emergió fue “mayordomo” (steward). Un mayordomo cuida lo que le es confiado, mantiene la casa, no se define por lo que le sucede sino por lo que decide hacer con ello.
Aplicarlo en lo cotidiano
Tiempo después una colaboradora me dijo directamente que mi flexibilidad estaba cargando en exceso a quienes cumplían. En mi primer impulso quise justificarme. Ahí fue cuando la palabra mayordomo me ayudó a elegir distinto: proteger el estándar, escuchar la queja y ajustar mis límites para cuidar al equipo en conjunto.
La transición no elimina la incomodidad; la transforma en una pregunta activa: ¿qué requiere mi rol ahora?, ¿qué puedo mantener por el bien del todo? En vez de sentirme atacado, empecé a responder desde la responsabilidad hacia lo que me fue encomendado.
Un camino en práctica
- Reconocer la narrativa: identifica cuándo te colocas en el papel de pasividad.
- Elegir una identidad que empodere: la palabra que elijas debe invitar a acción y cuidado.
- Actuar con pequeños pasos: responder con límites claros, pedir feedback y sostener la atención en lo que importa.
Ser mayordomo no es una exigencia de perfección sino una práctica diaria de atención intencional. Significa dejar de sobrevivir los días y empezar a atenderlos con propósito.
