Un salón que no es solo un salón: la experiencia iGen
En Saskatoon, Canadá, un grupo de alumnos de sexto grado pasó un año escolar fuera del aula convencional y en el Sherbrooke Community Centre, compartiendo el día con residentes de cuidados a largo plazo. Un día podrían estar escribiendo en un diario o aprendiendo tecnologías nuevas; otro, plantando en el jardín o escribiendo versos con las personas mayores, muchas de las cuales vivían con demencia u otras condiciones. También colaboraban en la tienda de regalos del centro o en proyectos de arte.
Estas actividades no son un adorno curricular: son encuentros intencionales que invitan a niños y mayores a practicar juntos la convivencia, el aprendizaje y la atención. Mya, una estudiante, resumió la experiencia así: “De mi trabajo con las personas mayores aprendí historias, juegos y cómo ser mejor persona”. Para Jodi, una residente, fue transformador: pasó de anticipar con desgana cada día a esperar “un día increíble lleno de vida y alegría”.
Cómo midieron el impacto
El estudio que evaluó el programa iGen involucró a 25 estudiantes, tres residentes y ocho miembros del personal de atención a largo plazo. Durante dos periodos (10 días seguidos en otoño y luego otra tanda en junio), los participantes completaron encuestas diarias sobre la calidad de sus interacciones con distintos grupos, las emociones positivas y negativas que experimentaron, su salud física percibida, la frecuencia de acciones amables y útiles, y su sentido de conexión y pertenencia.
Los hallazgos no mostraron cambios permanentes en felicidad o salud a lo largo del año, pero sí revelaron efectos importantes en la dinámica diaria: en los días con interacciones más significativas, la gente se sentía mejor, más conectada, con mejor salud y más dispuesta a ayudar. Eso fue válido tanto para relaciones con pares como para interacciones entre generaciones, aunque los beneficios parecían más pronunciados cuando las personas se relacionaban con quienes tenían otra edad.
La importancia del tiempo y la profundidad
Los investigadores notaron que los efectos positivos se intensificaron hacia el final del programa, en junio, lo que sugiere que la duración y la constancia —pasar días enteros juntos durante diez meses— reforzaron la profundidad de los vínculos. A medida que los estudiantes profundizaban sus lazos con las personas mayores, las interacciones significativas tuvieron un impacto mayor en su bienestar diario.
Esto apunta a un aspecto clave: las interacciones breves o ocasionales pueden ser valiosas, pero las relaciones que se desarrollan con tiempo permiten que el beneficio emocional y cognitivo sea más sólido para ambas partes.
Beneficios observados
- Bienestar emocional diario: los días con encuentros más significativos se asociaron con mayores emociones positivas y mejor percepción de salud.
- Conexión y pertenencia: tanto estudiantes como residentes reportaron un sentido más fuerte de pertenencia y de apoyo social en días con interacción intergeneracional.
- Sensación de propósito: para algunas personas mayores, la relación con niños reavivó el interés por la vida y las actividades cotidianas.
- Aprendizaje recíproco: los jóvenes aprendieron habilidades, historias y valores; las personas mayores se beneficiaron de compañía, nuevas perspectivas y ayuda práctica.
Unos resultados que invitan a ampliar el modelo
Si bien el estudio refleja un programa concreto con mayoría de participantes blancos, ofrece evidencia prometedora de que iniciativas similares pueden mejorar la salud y el aprendizaje. Otros trabajos respaldan que el contacto entre generaciones puede favorecer la salud mental, la función cognitiva en personas mayores y el sentido de propósito en todos los involucrados.
Los autores sugieren que programas como iGen podrían ser una intervención escalable y efectiva para fomentar comunidades más inclusivas y conectadas, y para integrar el aprendizaje social y emocional dentro de la educación.
Historias que lo confirman
Más allá de las cifras, están las voces. La madre de Mya contó que su hija formó amistades duraderas con los residentes y aprendió a apreciar la vida de otra manera. Jodi, la residente que recuperó deseos y expectativas para su día a día, dijo algo contundente: “iGen me salvó”. Ese testimonio ilustra cómo la conexión puede transformar experiencias que parecían estancadas.
Implicancias prácticas para escuelas y comunidades
Si un objetivo educativo es formar personas capaces de empatizar y de sentirse parte de una comunidad, integrar espacios de convivencia intergeneracional en la escuela puede ser una estrategia potente. Las escuelas pueden colaborar con centros comunitarios y residencias, diseñando actividades que permitan a chicos y mayores compartir proyectos creativos, manualidades, tecnología, jardinería y relatos de vida.
Para que el impacto sea mayor conviene pensar en continuidad: encuentros más frecuentes y relaciones prolongadas ofrecen más oportunidades para desarrollar confianza y comprensión mutua. Y aunque los contextos varían, la evidencia sugiere que estas experiencias enriquecen tanto el desarrollo emocional de los jóvenes como la salud y el sentido de propósito de las personas mayores.
Limitaciones y consideraciones
Es importante reconocer límites: la investigación que analiza programas intergeneracionales incluye contextos diversos y no todos los resultados son universales. El diseño del programa, la duración, la diversidad cultural y las condiciones de salud de las personas mayores influyen en los resultados. Aun así, los beneficios observados invitan a explorar cómo adaptar estas iniciativas a distintas comunidades con cuidado y respeto.
Un llamado a la acción
En un mundo donde tendemos a reunirnos con quienes son parecidos a nosotros, crear puentes entre edades es un acto deliberado que puede devolver sentido, aprendizaje y bienestar a todos. No se trata solo de buenos sentimientos: se trata de salud, de aprendizaje valioso y de una ciudadanía más plena.
